América - nbamaniacs https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/ Noticias, artículos y rumores de la NBA Tue, 04 Apr 2023 10:56:09 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.2.2 https://www.nbamaniacs.com/wp-content/uploads/2016/10/cropped-NBAMANIACS-Icon-1-32x32.jpg América - nbamaniacs https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/ 32 32 ‘Take me home’: un río, setenta años y tres historias de básquet en West Virginia https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/take-me-home-un-rio-setenta-anos-y-tres-historias-de-basquet-en-west-virginia/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/take-me-home-un-rio-setenta-anos-y-tres-historias-de-basquet-en-west-virginia/#respond Mon, 03 Apr 2023 10:00:00 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=330149
 
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Hay algo en West Virginia que atrapa. Que define este estado y no te deja ir, mucho menos olvidar. Un algo que podría ser, por qué no, el paisaje, las estampas de los Apalaches. Tan salvajes, frondosas, verdes y, a la vez, tan decadentes. Consecuciones de montañas y ríos con minas abandonadas; de valles y bruma con fábricas caídas en el olvido. De naturaleza viva y naturaleza muerta.

O puede que sea un algo intangible, como al que John Denver cantaba en el himno no oficial del estado, ese Take me home, country roads que citan hasta Los Chikos del Maíz. La sensación de que allí, en West Virginia, la vida es “más antigua, más antigua que los árboles y más joven que las montañas”. 

O puede que todo sea producto de la mitología moderna de esta tierra, tejida con historias de mineros venidos de todas partes del mundo, con sus luchas y sus derrotas y su orgullo. 

O puede que los culpables sean el baloncesto y el carisma innato que tienen los que han salido de este estado hacia el estrellato

O, quién sabe, puede que sea todo a la vez.

Y, quizás, para definir West Virginia baste con algo muy sencillo: un viaje de 70 años por tres historias nacidas a la orilla de un río, el Kanawha, donde se explican no solo tres épocas del estado, sino del baloncesto norteamericano en su conjunto

1951: las derrotas de “Zeke from Cabin Creek”

Estamos en 1951 y la razón por la que el básquet es parte inherente de West Virginia está en la historia de este niño: 13 años, enclenque, paliducho y que se pasa el día jugando ahí, enfrente de su casa, con una bola y un aro colgado de una pared de chapa. Parece asustado, y es normal. Su hermano acaba de morir en la Guerra de Corea. Su padre llega asqueado y reventado y cabreado de la mina cada noche, ¿y su desahogo predilecto cuál es? Zurrarle al hijo. 

Cansado de aguantarlo, Jerry, que así se llama el chaval, le acabará por dar un ultimátum a su padre. A la siguiente paliza, te mato. Y por si decide hacer caso omiso, dormirá a partir de ese momento con una escopeta cargada bajo su cama.


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https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/take-me-home-un-rio-setenta-anos-y-tres-historias-de-basquet-en-west-virginia/feed/ 0 nbamaniacs 19 Dec 1998: Jerry West looks on during the Las Vegas Shootout between the Arizona Wildcats and the Iowa State Cyclones at Thomas & Mack Center in Las Vegas, Navada. Arizona defeated Iowa St. 75-61.
Las 95 luchas de Juan Toscano y los chicanos https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/las-95-luchas-de-juan-toscano-y-los-chicanos/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/las-95-luchas-de-juan-toscano-y-los-chicanos/#respond Sun, 13 Nov 2022 10:37:00 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=319067
 
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https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/las-95-luchas-de-juan-toscano-y-los-chicanos/feed/ 0 2022 Getty Images LAS VEGAS, NEVADA - OCTOBER 06: Juan Toscano-Anderson #95 of the Los Angeles Lakers reacts after suffering a right quadriceps contusion in the third quarter of a preseason game against the Minnesota Timberwolves at T-Mobile Arena on October 06, 2022 in Las Vegas, Nevada. The Timberwolves defeated the Lakers 114-99. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. (Photo by Ethan Miller/Getty Images)
20 años de The Wire: los caminos al básket https://www.nbamaniacs.com/destacados/20-anos-de-the-wire-los-caminos-al-basket/ https://www.nbamaniacs.com/destacados/20-anos-de-the-wire-los-caminos-al-basket/#respond Sun, 12 Jun 2022 06:00:00 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=307681
 
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https://www.nbamaniacs.com/destacados/20-anos-de-the-wire-los-caminos-al-basket/feed/ 0 2008 Getty Images NEW YORK - MARCH 05: (L-R) Men's Vogue Ned Martel, actor Dominic West, actor Andre Royo, Men's Vogue publisher Marc Berger and actor Michael K. Williams attend the Men's Vogue Critics Choice celebration for "The Wire" series finale hosted by Hennessy on March 5, 2008 in New York City. (Photo by Andrew H. Walker/Getty Images)
Historias del South Side: el básquet y el blues https://www.nbamaniacs.com/destacados/historias-del-south-side-el-basquet-y-el-blues/ https://www.nbamaniacs.com/destacados/historias-del-south-side-el-basquet-y-el-blues/#respond Sun, 10 Apr 2022 08:00:00 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=302347
 
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Hay tres formas para empezar una historia en el South Side de Chicago: con baloncesto, con blues, o con ambas.

Estamos en 1926. El distrito sur de Chitown vive en la época de El Golpe; con Paul Newman y Robert Redford siendo guapos y pícaros entre fábricas, humo y edificios de ladrillo visto. Los inmigrantes europeos han habitado los barrios del South Side desde el siglo XIX, pero ahora ven llegar oleadas de afroamericanos que escapan del sur de los EEUU. La mayoría, desde la región del Delta del Mississippi. Su objetivo es empezar una nueva vida en un norte que, en teoría, es más libre.

Y lo acabó siendo, solo que menos de lo que esperaban.

Los miles de negros llegados al South Side de Chicago adoptan ahí el mismo deporte que sus homólogos de otras urbes del norte: de Nueva York, Boston, Detroit. Una disciplina que un tal James Naismith inventó en 1891, bautizada como basketball, y a la que comienzan a jugar a su muy particular manera. Una más libre, más física, más divertida y desinhibida que la que se juega en las escuelas de la YMCA, en las universidades. En lugares a los que los afroamericanos no tienen acceso a principios del siglo XX.

En el South Side, pocos interpretan esa nueva partitura baloncestística como los Savoy Big Five, un equipo de espectáculo formado por jugadores afroamericanos, algo así como los primeros malabaristas del balón. En 1928, muchos de sus integrantes se separan para formar un equipo propio: su nuevo nombre, Globe Trotters.

Ahí es cuando Abe Saperstein, emigrante judío en Chicago, ve la oportunidad. Se convierte en mánager y entrenador del conjunto, se lo lleva a girar por todo EEUU. Y ya que el barrio de Harlem en Nueva York era por aquel entonces el centro de la cultura afroamericana, de la que ese baloncesto jugado a rienda suelta y sin freno de mano se estaba convirtiendo en parte fundamental, Saperstein rebautizó al conjunto del South Side de Chicago con el nombre que pasó a la historia: Harlem Globetrotters.

La emergencia del Chicago blues

Los Harlem Globetrotters se convirtieron en escudo y bandera del baloncesto afro en un época en la que la NBA todavía no aceptaba a jugadores negros. De hecho, cuando para la década los 50 la liga abrió sus puertas a todos, sin importar el color de piel, muchos de sus pioneros afroamericanos —Chuck Cooper, Nat Sweetwater Clifton, Hand DeZonie, Wilt Chamberlain— habían pasado antes por los Harlem Globetrotters.


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https://www.nbamaniacs.com/destacados/historias-del-south-side-el-basquet-y-el-blues/feed/ 0 2021 Getty Images Michael Jordan #23, Shooting Guard and Small Forward for the Chicago Bulls prepares to make a free throw shot during the NBA Central Division basketball game against the Cleveland Cavaliers on 17th February 1992 at the United Center in Chicago, Illinois, United States. The Cleveland Cavaliers won the game 113 - 112. (Photo by Jonathan Daniel/Allsport/Getty Images)
Un paseo hacia Coney Island, Brooklyn, NY https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/un-paseo-hacia-coney-island-brooklyn-ny/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/un-paseo-hacia-coney-island-brooklyn-ny/#respond Tue, 25 Dec 2018 08:00:28 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=197994
La historia tras He Got Game, la película de Spike Lee protagonizada por Ray Allen y Denzel Washington.
 
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(Alerta, Spoilers de He Got Game)

Es de noche en las canchas Coney Island, año 1997, y la gente camina en camiseta por la primavera neoyorquina. Tras las cámaras que enfocan a Denzel Washington y Ray Allen está Spike Lee, dando otro brochazo más al retrato de su Brooklyn. La película se estrenará al año siguiente. El nombre: He Got GameUna mala jugada en España, El juego sagrado en Latinoamérica—. En una de las últimas escenas de la película y la más icónica, Jake Shuttlesworth (Denzel Washington) y su hijo Jesus (Ray Allen), se juegan todo en un uno contra uno a 11 puntos. El que gane, gana. Jake, la libertad de dejar la cárcel atrás, donde cumple condena por el homicidio involuntario de su mujer. Jesus, la libertad de no volver a verlo.

El guión, contaron a posteriori, estipulaba un 11-0 para Jesus. Teóricamente, la interpretación más fácil de toda la película para un para Ray Allen que, con 22 años, era ya una estrella en ciernes de la NBA en 1997. Pero empieza el 1-on-1 y en modo funky total —vendas en las rodillas, pelo afro y doble camiseta— Denzel Washington postea frente a Allen, medio reverso, penetra por la izquierda y pum, lo que estipulaba el guión se va al carajo. 1-0 para Denzel Washington.

Y para interpretar mejor lo que ocurre de ahí al final del partido entre Jake y Jesus Shuttlesworth, para entender qué motivó esta película, por qué se llegó a ese momento y a ese lugar, por qué Denzel Washington rompe el guión, nada mejor que recorrer antes tres caminos. Uno parte de Cobble Hill, Brooklyn, en los años 60. Otro, por la misma época, de Mount Vernon y el Bronx. El tercero, más sinuoso, parte de la propia Coney Island en los 80.

 El camino de Spike

En cierto modo, la obra de Spike Lee es a Brooklyn lo que Manuel Vázquez Montalbán a Barcelona o, más cercano, Woody Allen a Manhattan; una pieza clave, una pintura general pero de precisión que sirve entender una época de la ciudad y sus latidos, sus ritmos e idiosincrasia. Y en la Brooklyn la de Spike Lee, el baloncesto es precisamente eso, un latido, idiosincrasia, identidad.

Criado en el barrio de Cobble Hill en los años 60 y el mayor de los cinco hermanos Lee, en la ciudad de Spike las pelotas se botaban y rebotaban en cada esquina. Por aquellos años, Bernard King, Chris Mullin, Mike Tyson, Vinny Testaverde, Sam Perkins, o la leyenda de los Mets John Franco crecían en otras partes de Brooklyn y la presencia del deporte en la ciudad era abrumadora. En la década que va del año 1958 —el de la mudanza de los equipos de béisbol New York Giants y Brooklyn Dodgers a San Francisco y Los Ángeles, respectivamente— al 1968 —primer año de los New York Nets en la ABA— Nueva York acumuló ocho equipos profesionales solo entre béisbol, baloncesto y fútbol americano.

En esos mismos años, Spike se daba cuenta de que, para él, el deporte no iba a ser profesión. Menudo, bajito y flaco, la complexión del futuro cineasta espantaba sus sueños deportivos. Más guerrero que poeta, más comprometido e intenso que fino estilista, más como acabaría siendo su cine, Spike acabó por ser mejor observador que jugador. Pero hijo de su tiempo y su ciudad, sus primeros ídolos no fueron ni Kurosawa, ni Sean Connery, ni Sidney Poitier, sino dos jugadores que representan lo mejor de las dos almas del baloncesto neoyorquino: Walter Frazier y Dean Meminger.

Para Lee, Walter Clyde Frazier es el emblema y guía de los Knicks que ganaron sus primeros y únicos anillos en 1970 y 1973, de la única época exitosa del Madison Square Garden en la NBA. Mientras, Meminger, jugador de la segunda línea de aquellos Knicks, representa para Spike Lee la esencia del baloncesto callejero neoyorquino, del que el cineasta es nacionalista militante. Dean The Dream Meminger, curtido en los playgrounds de Harlem, cuenta con todos los atributos del jugador newyorker que Lee tiene en su cabeza. Inteligente, buen defensor y con gran manejo de la pelota.

Uniendo este background, el del fanático de los Knicks de Frazier, el del amante desbocado de los playgrounds de Nueva York, el del niño de Cobble Hill, es donde se encuentra el Spike Lee que llega a la cancha de Coney Island en 1997. Tras debutar en el cine con Nola Darling en 1986 y retratar la vida de Brooklyn con Do the Right Thing, Clockers, Crooklyn o Jungle Fever, Lee todavía no había completado por aquel entonces su cuadro de Brooklyn. Faltaba, todavía, el baloncesto.

El camino de Denzel

En las estribaciones del Bronx y tres años antes que Spike Lee, nacía Denzel Hayes Washington, criado en un Mount Vernon donde se fue ganando con el tiempo la reputación de buen jugador en los playgrounds de la ciudad. Otro que, como Meminger, venía cortado por el patrón que Spike Lee dibuja del jugador neoyorquino: buen defensor, buen físico, buen manejo del balón.

A mediados de los 70 y gracias a dicha reputación, Denzel Washington pudo hacerse un hueco en el segundo equipo de Fordham University, a donde llega para estudiar teatro y periodismo. En esta universidad del Bronx, el de Mount Vernon sigue mostrando la reputación que lo acompaña, así como una mecánica de tiro muy funky de la que luego hará gala en He Got Game. Y su entrenador, un tal P.J. Carlesimo que debuta aquellos en los banquillos, lo definiría años después como un buen jugador, “mejor que el 95% de los estudiantes de aquella época”.

Tras Fordham, Washington comenzó su carrera en el teatro y televisión, saltó a la fama en los 80 con Grita Libertad y Glory y, ya en la siguiente década, conoce a Spike Lee, el otro afroamericano ilustre de Nueva York. Mo’ Better Blues es su primer trabajo juntos y en 1992 Denzel Washington se convierte en el Malcolm X del director de Brooklyn. Así, para He Got Game, Spike Lee no tuvo que buscar muy lejos para encontrar a Jake Shuttlesworth. Éste no podía ser otro que su amigo y compatriota neoyorquino, curtido en los playgrounds de Mount Vernon, exjugador de Fordham y proscrito por Spike Lee por hacerse un habitual en el pie de pista de los Lakers: Denzel Washington. Sus dos caminos se unían en Coney Island. Faltaba, ya solo, uno.

El camino de Stephon

En el libro de Best Seat in the House, unas memorias baloncestísticas de Spike Lee publicadas poco antes de la grabación de He Got Game, Spike Lee hace un repaso de la historia del baloncesto neoyorquino desde su particular punto de vista. Un relato que comienza en Jabbar, Earl Mannigault, Dean Meminger y va pasando por diferentes nombres propios hasta llegar a un lugar y una familia: los Marbury de Coney Island.

Fascinado por la capacidad de esta zona para generar tal cantidad de talento para la NBA —Lance Stephenson, Isaiah Whitehead y Sebastian Telfair, primo de los Marbury, también vienen de Coney Island—; Spike Lee trata en profundidad la historia de Don Marbury y sus hijos. Exjugador de baloncesto aficionado, Don, el padre, intentó crear con su prole una saga de superjugadores de baloncesto. El proyecto, por exigencias o expectativas o ensoñaciones desmedidas, no salió del todo bien. Al menos, hasta que llegó Stephon, el sexto hijo.

Catalogado desde joven como uno de los mejores jugadores de la ciudad y llamado a ser el siguiente gran base neoyorquino, Marbury fue la gran estrella de Coney Island, del instituto Abraham Lincoln —en el que también juega Jesus Shuttlesworth en He Got Game—, de la universidad Georgia Tech y, desde su llegada a la NBA en 1996, de los Minnesota Timberwolves. Y por razones obvias, cuando se supo que Spike Lee buscaba a un jugador real para protagonizar su película, Stephon Marbury y Jesus Shuttlesworth parecían hechos el uno para el otro. Hasta que el guión, como con la canasta de Denzel Washington que puso el 1-0, toma también un giro inesperado.

Según uno de los relatos, el agente de Marbury, el mismo que el de su compañero en Minnesota Kevin Garnett, decide que la condición para que sus dos representados acudan a la audición de He Got Game es que se le garantice el papel a uno de los dos. La producción, al parecer, se niega y aquí se acaba la historia. Sin embargo, hace unos meses, en una entrevista para The Undefeated, Marbury otorgaba su propia versión. Todavía convencido hoy en día de que la película de He Got Game trata sobre su propia vida, algo que Spike Lee siempre ha negado, Stephon afirma que no necesitaba realizar una audición para hacer de él mismo. Y por eso, explica, no la hizo.

Sea como fuere, sin audición no hubo papel para Marbury y, después de que se pensase en Felipe Lopez, Tracy McGrady y Allen Iverson, después de que Kobe Bryant se apartase de la carrera por el papel para centrarse en entrenar durante el verano de 1997, el rol de Jesus Shuttlesworth se fue a las antípodas de Marbury y de Coney Island. A las manos del hijo de un militar nacido en California, criado entre Inglattera, Alemania y Oklahoma y que acabó por sorprender a propios y extraños con sus dotes actorales: Ray Allen.

Con este giro del destino, Marbury y Allen cruzaron por segunda vez sus vidas, después de que en el Draft de 1996 Milwauwee Bucks traspasase su elección número cuatro, Stephon Marbury, por un pick de primera ronda y la elección número cinco de Minnesota Timberwolves. Otra vez, Ray Allen.

Cosas de la vida, por falta de suerte o de pericia o de consejo, Marbury acabó por caminar las veredas erróneas en las que Allen siempre pareció tomar la dirección correcta. Dos veces campeón de la NBA, diez veces All-Star y miembro del Hall of Fame, la carrera de Allen fue tan estable como descendente, en cierto modo, fue la de Marbury. Entre pequeños bajones, caídas y caídas libres, el guión, para Marbury, se rompió. Igual que acaba de hacer Denzel Washington, que acaba de poner el 3-1 para Jake Shuttlesworth en el playground de Coney Island con el triple más funky de la historia del cine.

Para saber cómo acaba, nada mejor que ver la película.

Fernando Mahía es periodista y colabora con Líbero, Luzes, Panenka o CTXT, y en sus historias busca unir el deporte y los viajes con temas sociales. Este espacio de Fernando en nbamaniacs pretende ser un viaje por la cultura de EE.UU. a través del baloncesto. Puedes leer otros artículos de él en la serie ‘América’.

(Fotografía de portada de Vince Bucci/Getty Images).

 
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La larga marcha navaja de Ryneldi Becenti https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/la-larga-marcha-navaja-de-ryneldi-becenti/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/la-larga-marcha-navaja-de-ryneldi-becenti/#respond Sun, 28 Oct 2018 09:50:37 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=192638
 
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Un conjunto de casas con poco más de tres mil habitantes en la Nación Navajo es el punto de conexión entre dos historias, dos marchas, que representan en cierto modo lo que conllevaba y conlleva ser un indígena en Estados Unidos. Fort Defiance, como se le dice a este lugar, es el nexo entre la epopeya de un pueblo, el navajo, y la de una mujer de esta tribu, Ryneldi Bicenti.

Ambas son historias de ida y de vuelta, caminos que comienzan en tierra navaja para acabar, nuevamente, en ella. Relatos donde la secular miseria de los nativos cohabita con una pizca de suerte. O de menos infortunio que las del resto, al menos. Porque los protagonistas, los navajos como pueblo, Becenti como individuo, fueron los más afortunados dentro del océano de basura que bañó a sus coetáneos.

Quizás, como ocurre muchas veces, lo mejor para empezar a contar estas dos historias sea comenzar por el final.

De vuelta en casa

Hace ya unos años que Ryneldi Becenti reside en Shiprock, a una hora y media de su Fort Defiance natal. Desde allí suele moverse por los caminos de tierra que comunican la reserva de la Nación Navajo. Acude a partidos, campus, entrenamientos o cualquier evento en los que jóvenes navajos se inician en eso del baloncesto. A veces, incluso, viaja a reservas de otros estados para continuar con su misión. Por lo que cuentan, muchos niños no tienen ni idea de quién es, pero, probablemente, basten unas palabras de Ryneldi para que todos la admiren, ojipláticos. Al fin y al cabo, ella sigue siendo la mejor jugadora de baloncesto que nunca ha salido de esta reserva indígena.

Única mujer en la familia desde que con 14 años su madre falleciese, Becenti se crio jugando al baloncesto en las canchas de tierra y líneas hechas con harina de maíz en Fort Defiance, junto con sus cuatro hermanos y su padre. De allí, la navajo dio el salto al instituto de Window Rock, donde como base del equipo se proclamaría campeona del estado de Arizona, para llegar luego a la reputada Arizona State University (ASU), previo paso por el Scottsdale Community College de Phoenix.

Un reportaje de Sports Illustrated de 1993 narra a la perfección lo que significó la llegada de Becenti al equipo de ASU para el resto del pueblo navajo. Según se cuenta, eran habituales los viajes de casi cinco horas en coche de cientos de vecinos desde la reserva hasta el pabellón universitario. Además, ASU batía récords de asistencia de la universidad para un equipo femenino, siendo mitad del público navajos de la reserva o de ciudades del resto del estado de Arizona. La sensación Becenti, además, no se ceñía a las gradas: en sus dos años con ASU, la de Fort Defiance fue nombrada All-America, además de ser convocada con la selección de Estados Unidos para los juegos universitarios de 1993.

Luego, claro, llegó la parte navajo de la historia de Becenti. El exilio momentáneo antes del regreso a los orígenes. Tras su ciclo universitario, la base de Fort Defiance hizo las maletas y se fue a Europa, comenzando así su particular marcha. Fueron tres años que la llevaron primero a Suecia y, posteriormente, a Grecia y Turquía. Los pasos previos antes de regresar a Arizona en 1997 y formar parte del primer equipo de la historia de los Phoenix Mercury, que debutaban ese año en la WNBA.

Al final, su periplo oficial en la mayor liga de los EEUU se redujo a ocho minutos de un partido de esa primera temporada de los Mercury. Ocho minutos que, sin embargo, significaron mucho más en la Nación Navajo y en el resto de reservas del país. Esos 480 segundos le valieron para para ser la primera mujer indígena de los Estados Unidos en disputar un partido de la WNBA.

Esta historia, así resumida, debe ser la que le cuenta Becenti a los niños con los que entrena en la reserva de la Nación Navajo, también en otras latitudes de los Estados Unidos. Es un ejemplo, probablemente, de que hay vida más allá.

Viviendo en las reservas

Nacer en una reserva indígena sigue sin ser muy diferente a hacerlo en un país del tercer mundo. La tasa de desempleo de los nativos de los Estados Unidos es casi el doble que la del resto de la población. Las estadísticas también multiplican las del resto del país en términos de pobreza, pobreza extrema, tasa de suicidios, alcoholismo y violencia. Una mujer india tiene dos veces y medio más de probabilidades de ser violada que cualquier otra mujer en los EEUU.

Allá en Shiprock, la nueva casa de Ryneldi, más del 30% de la población está por debajo del umbral de la pobreza. La cifra es superior en Fort Defiance, donde se dispara hasta el 41,7% según el portal Data USA. Los datos son consecuencia de un proceso de siglos en el que colonos europeos fueron desplazando las tribus de Norteamérica hacia el oeste del continente. Aniquilados o confinados finalmente en reservas, las pocas opciones que estas ofrecen y las infructuosas políticas del estado norteamericano han acabado creando un submundo indígena de una pobreza delirante.

Habitualmente, se señala el año 1860 como el comienzo del fin para los indígenas que, como los navajos, poblaban el oeste del continente norteamericano, de aquel todavía Territorio Indio. El atractivo del oro y los pastos de una zona que, a ojos de los colonos, estaba por conquistar, marcó el inicio de un proceso que acabó con toda vida indígena en libertad. La idea del Destino Manifiesto, que predicaba que los Estados Unidos estaban destinados a expandirse hasta el Pacífico, acabó con todos. A estos 30 años que van hasta 1890 se les conoce como Guerras Indias. Y la primera de ellas tuvo como uno de sus escenarios principales, también, a Fort Defiance.

La Gran Marcha Navajo

La ciudad natal de Ryneldi Becenti fue creada en 1851 como un puesto avanzado del ejército de los Estados Unidos en territorio de la tribu navajo. La presión de los colonos y el ejército que llegaban del este en unos Estados Unidos en expansión provocaban constantes enfrentamientos con las tribus locales. Al cargo de los California Volunteers de la Unión y en plena Guerra Civil, el general James Henry Carleton, en 1862, trazó un plan que tenía como pilar principal el exilio de los Mescalero Apaches y los Navajos a un territorio yermo conocido como Bosque Redondo. Ésa iba a ser la primera reserva en Territorio Indio.

Tras las constantes victorias de Carleton y Kit Carson frente a las huestes de Manuelito y Barboncito, principales líderes navajos, las tropas de la Unión obligaron a todo el pueblo navajo a caminar los 400 kilómetros que separaban su tierra natal de la reserva de Bosque Redondo, al este de Nuevo México. A su llegada, los navajos se percataron de la inhabitabilidad de su nueva casa: un espacio desarbolado donde serían confinados sin recurso natural alguno, donde la única agua era salada y la tierra no era apta, en absoluto, para plantaciones. El camino y las condiciones de la reserva mataron a miles de navajos.

Como en el caso de Ryneldi, los años y, también, un cambio de encargado en la reserva fue lo que permitió que los Navajos regresasen en 1868 a sus tierras originales en el norte de Arizona. De alguna forma, las autoridades se percataron de que no era posible vivir en aquel agujero llamado Bosque Redondo. A esta ida y regreso al campo de concentración de Nuevo México se le conoció como la Gran Marcha Navajo.

Pese al trauma histórico de este hecho, los navajos fueron los más afortunados de todas las tribus del oeste de Norteamérica. En los más de 20 años de Guerras Indias que llegaron después, sioux, cheyennes, arapahos, utes, modocs y otras decenas de tribus fueron, literalmente, masacradas o confinadas en reservas infames, si no las dos. Por ello, los navajos son hoy en día la segunda tribu más importante de los Estados Unidos, solo después de los cherokees. La Nación Navajo, la reserva creada para esta tribu en sus territorios originales, es por su parte la reserva más poblada de los Estados Unidos.

Finalmente, en 1890, la masacre de Wounded Knee puso fin a estas guerras desiguales que se llevaron por delante a más de medio mundo indio. Esclavos de eternas promesas incumplidas por parte del gobierno norteamericano, líderes como Nube Roja, Gerónimo, Toro Sentado, o Caballo Loco fueron cediendo ante el empuje de los Winchesters estadounidenses, autojustificados por la teoría del Destino Manifiesto. Cada tierra que le prometían suya de por vida, los indios la perdían a manos de los Estados Unidos con la excusa del oro, el carbón, o las necesidades de expansión de un pueblo que se creía elegido a conquistar el continente.

Al final, una y otra historia, la de Becenti y la de los Navajos, son historias de excepciones. De una chica de Fort Defiance que llegó a jugar en la WNBA y la de un pueblo nativo que, aunque herido de gravedad, tuvo la triste fortuna de no ser completamente masacrada.

Si algo muestran tanto una historia como otra, es valentía. Como dice Dee Brown, autor de Entierra mi corazón en Wounded Knee, libro referencia acerca de las Guerras Indias, navajos y todas las tribus del oeste “son, quizás, los americanos más heroicos y valientes de la historia”.

Sería lógico que eso sea también lo que les enseñe las cuatro palabras de Ryneldi Becenti a los niños navajos hoy en día. No una salida, ni una esperanza, porque para ellos, igual, no existen. Quizás lo que les transmite es simple valentía.


Consulta otras historias de Fernando Mahía en nbamaniacs en las que busca unir el deporte del baloncesto y la cultura de EEUU.

 
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Vientos del Sur soplan en Memphis: Grit and Grind and Stax https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/vientos-del-sur-soplan-en-memphis-grit-and-grind-and-stax/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/vientos-del-sur-soplan-en-memphis-grit-and-grind-and-stax/#respond Sun, 02 Sep 2018 07:00:03 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=188484
 
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Los Grizzlies de Tony Allen, Zach Randolph, Mike Conley y Marc Gasol tuvieron mucho de contracultural, esa palabra tan bonita y tan difícil de casar con la victoria, casi igual de bella, pero no tanto. En una NBA que cada vez oscilaba más hacia el triple, Memphis presentaba desde 2010 y hasta hace poco un juego de otra época, dos postes igual de virtuosos que duros como eran Randolph y Gasol, un juego físico, lento e incómodo, un escolta amargaescoltas como Tony Allen, que promedió más tapones en todas sus temporadas (salvo en esta última) que triples anotados y un base de perfil bajo y prestaciones altas como Conley. Caminaban en sentido contrario al resto de la liga, que buscaba espacios donde el equipo de Tennessee solo pensaba en asfixiarlos, cerrarlos. Eran los Grizzlies del Grit and Grind, que, de poder traducirse, sería algo así como “agallas y trabajo duro”.

Dejésmolo en Grit and Grind.

Sin saberlo, cuando Tony Allen pronunció estas palabras en el postpartido del 8 de febrero de 2011 frente a Oklahoma —“It was all heart. Grit. Grind”—, creó una identidad de una forma pocas veces vista. No era solo el hecho de crear un eslogan pegadizo que representase la filosofía de un equipo. Además, el término encajaba perfectamente con una cultura local que, en la NBA, casi nunca camina de la mano de la de su franquicia. Ocurrió con los Lakers del Showtime evocando la farándula de Hollywood. También con los Bad Boys de Detroit, representantes de la ciudad industrial por excelencia en el imaginario estadounidense. Quizás, terceros en esta lista podrían aparecer unos Grizzlies que representaron unos valores y una idiosincrasia que suponen lo mejor de la cultura sureña de los Estados Unidos, tantas veces caricaturizada o vilipendiada. Fidelidad, dureza, corazón y alma sureña.

Los ya extintos Grizzlies del Grit and Grind fueron contraculturales, fueron únicos y derrotados. Fueron, por ello, puramente sureños en el mejor de los sentidos. Se convirtieron en la mejor reedición de otro equipo, el sello musical Stax, que medio siglo antes convirtió a Memphis en el mejor ejemplo de lo que podía ser el Sur.

El pecado original

La historia del Sur de los Estados Unidos es un manual de convivencia con la derrota, un relato que podría estar acompañado en todo momento por el Sad Song de Otis Redding, buque insignia de la Stax. El nacimiento del Sur como ente fue el origen de su primera caída, la de una Guerra de Secesión en la que combatieron como Estados Confederados, unidos bajo su pecado original: la lucha frente a la abolición de la esclavitud. Las zonas donde predominaba la plantación de algodón y el modelo rural se levantaron frente a un Norte industrial. Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Virginia, Arkansas, Carolina del Norte y Tennessee se enfrentaron a la Unión para preservar sus derechos a ser Estados donde se permitiese la esclavitud. Por suerte para la humanidad, perdieron.

Como suele ocurrir, la frontera entre ganadores y derrotados creó otra nueva, entre ricos y pobres. El norte, más abierto e industrial, creció por encima de un Sur que se mantuvo rural, conservador y racista, receloso de los cambios sociales que se daban por allá arriba. La esclavitud fue abolida tras la guerra, pero los negros del Sur siguieron enfrentándose a sociedades abiertamente hostiles, ya fuese a nivel legal —leyes Jim Crow— o criminal —Ku Kux Klan—. Primero emigraron masivamente hacia el norte en la Gran Migración Negra. Luego, a mediados de los años 50, se organizaron en el Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King.

El racismo estructural, unido al conservadurismo político y el fundamentalismo religioso, creó un arquetipo del sureño analfabeto e inculto, pobre, gañán, fumador y bebedor empedernido, racista a más no poder. Y la historia, fuera de los injustos estereotipos, fue convirtiendo al Sur en la zona deprimida de los Estados Unidos, con niveles laborales y educativos muy debajo por la media del país y cercanos, en ciertos momentos, a estándares del tercer mundo. Se generó también un ambiente cargado y hostil, que de forma magistral han retratado en los últimos tiempos series del southern gothic como la primera temporada de True Detective o, más recientemente, Heridas Abiertas.

Sin embargo, pensar que el Sur solo es white trash, racismo y votantes de ese señor con algo que parece una peluca y que gobierna los EEUU sería reduccionista y, sobre todo, un mal negocio para el resto del mundo. Ocurre a veces con las culturas derrotadas que su distancia del resto del mundo, su marginación las mantiene auténticas. Gracias a ello, y pese a sus muchos defectos, el Sur es diferente. Un lugar en el que, igual que en el Grit and Grind, se siguió aplaudiendo valores más de otra época como la fidelidad, la constancia, o el trabajo duro, valores de ese evangelismo sureño tan nocivo en muchas otras cosas y que es mayoritario en esta zona de Estados Unidos.

Quizás por esta misma razón, el Sur cuenta con un sello propio e inconfundible dentro de Estados Unidos. Una forma de hacer las cosas que va desde la literatura de William Faulkner, Mark Twain o, más recientemente, Nic Pizzolatto, hasta las series, el cine (Bestias del sur salvaje, Tres anuncios a las afueras) o una producción musical sin parangón, con capitales mundiales en cada género: el country de Nashville, el rock sureño con sello en Georgia, el bluegrass de los Apalaches, Nueva Orleáns y cualquier estilo que se precie, y el reciente boom del trap de Atlanta.

Luego, por encima de todo estilo y ciudad, aparece el símbolo del chasquido de dedos, las cuatro letras y el espíritu inmortal de la Stax, el soul que más profundo ha tocado el alma norteamericana y que sopló vientos del sur para todo el mundo desde el 926 de McLemore Avenue, Memphis. Una historia que, igual que la de sus vecinos Grizzlies del Grit and Grind, hizo honor a lo mejor del Sur gracias a la conjunción de la derrota con un espíritu rebelde que nadó, siempre, a contracorriente.

Deep soul para curar el alma

Fundada por los hermanos de raza blanca Jim Stewart y Estelle Axton en 1957, la Stax es la discográfica por excelencia de la música de raíces afroamericana, en una magnífica contradicción. El sello de Memphis lo hizo, además, siendo bandera de la integración en el Sur segregado de los años 50, una época en la que en el estado de Tennessee había baños propios para los negros, edificios diferenciados en los hospitales mentales o penas de entre uno y cinco años por vivir en la misma vivienda como pareja interracial. Contra la asfixia, la Stax ofreció al mundo los míticos Booker T. & the MG’s, formado dos negros y dos blancos y considerado uno de los mejores grupos de sesión de la historia.

Además, como los Grizzlies de Allen, Gasol y compañía, la Stax también nadó río arriba cuando la corriente bajaba con fuerza. He ahí la Motown, el sello mítico y coetáneo del de Memphis que edulcoró el soul sureño haciéndolo más pop, más apto y accesible para todos los públicos, especialmente blancos. Por el contrario, la Stax convirtió Soulville, su estudio de grabación, en la referencia musical y estilística de todo el Sur, un portal al que Memphis acudía a escuchar el último sencillo de Sam and Dave, Carla Thomas o Wilson Pickett, a conocer la última innovación de Al Bell, uno de los primeros gerentes negros de la industria musical. La Stax fue puramente sureña y negra, fue a la Motown lo que el café puro es al descafeinado. Fue la cuna del soul puro y profundo que llegaba, sin solución de continuidad, desde las plantaciones de algodón de siglos atrás y sus esclavos.

Y por encima de toda la Stax, un nombre, Otis Redding, símbolo inmortal del sello de Memphis y del soul sureño. Un mito que se fue con 26 años dejando un legado increíble para sus cinco años de carrera con el sello. Cinco años de éxito fulgurante escribiendo sus propios temas y una voz que evoca, desde el primer segundo de cada canción, el góspel y el alma. Cinco años que le llevaron a una exitosa gira por Europa con todo el sello, a triunfar en EEUU y al triste culmen de su carrera en junio de 1967, en el Festival Pop de Monterey, California. Cinco años cerrados por su venerado epitafio, el (Sittin’ On) The Dock of the Bay, la canción inmortal de Redding, escrita en una casa flotante de Sausalito, en la Bahía de San Francisco.

Antes de la publicación de este sencillo, Otis Redding fallecería en un accidente de avión en Wisconsin en diciembre de 1967. Tenía 26 y ésta no fue solo su derrota, sino también la de la Stax, el Deep Soul y todo el mundo de la música. El sello de Memphis se declararía en bancarrota ocho años después, luego de que sus dueños “fueran desplumados impunemente por los listillos neoyorquinos (blancos) de Atlantic Records”, tal y como cuenta de el maestro Diego A. Manrique en un perfil de Redding para El País. Al final, igual que en la del Grit and Grind, contracultura y derrota marcaron también la historia de Otis y la Stax. Por ello, no se podría escoger mejor despedida en el FedEx Forum de Memphis para Marc Gasol —si es que algún día se va— y para la época del Grit and Grind que una canción de Otis Redding, el ‘Rey del Soul’. Una dedicada a Gasol y a Otis, representantes de los mejores vientos del Sur que, a veces, soplan en Memphis.

La canción, un himno que parece hecho a la medida de Memphis y Marc: I’ve been loving you for too long.

 

 
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Ansiedad, Xanax y negocio en los EEUU https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/ansiedad-xanax-y-negocio-en-los-eeuu/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/ansiedad-xanax-y-negocio-en-los-eeuu/#respond Sun, 26 Aug 2018 08:00:16 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=188128
 
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“Todo el mundo sufre por algo que no podemos ver”, decía Kevin Love en esa carta a de The Players Tribune que marcó una nueva época en la sensibilización con las enfermedades mentales en la NBA. Hace meses, tanto el californiano como DeMar DeRozan pusieron en guardia a la Liga frente a una causa muy silenciada, quizás por nueva o por estigmatizada. Vinieron a decir que no son superhombres, ni héroes mitológicos, ni siquiera gente especial. Son personas, dicen, como cualquier otra; personas que pueden sufrir depresiones, ansiedad, ataques de pánico.

Literalmente cualquiera puede sufrir estos problemas. Hoy en día, un 18,1% de la población sufre de trastornos de ansiedad en los Estados Unidos. Puesto de otra forma, esto significa que unos 40 millones de estadounidenses las padecen. Un auge histórico, una plaga del siglo XXI y que necesita de más voces como las de Love o DeRozan para acabar con la estigmatización y poner sobre la mesa, de forma seria, lo que ésta conlleva y las causas que la generan.

Golden Gate and Jones

Si a finales del siglo XX y principios del XXI se produjo un despegue de los tratamientos antidepresivos como el prozac o el Lithium de Kurt Cobain, esta nueva era marcada por la ansiedad, la inmediatez y el todo-lo-queremos-ya lleva de la mano un nuevo tipo de droga, legal pero no por ello menos droga: los compuestos de benzodiacepina. Más conocidos como benzos, estos medicamentos con capacidades ansiolíticas, hipnóticas, relajantes y sedantes viven un auténtico boom. El Xanax, nombre comercial del alprazolam, es uno de los benzos más demandados, pero no solo en las farmacias.

“Weed, crack, cocaine, Xanax. Weed, crack, cocaine, Xanax” cantan con sonoridad los camellos del Tenderloin, el barrio más sucio, maloliente y desamparado de San Francisco, en la esquina de Golden Gate and Jones, una de sus preferidas. Curiosamente, por años de exilio de los ricos hacia las afueras de las ciudades norteamericanas, el Tenderloin es el barrio más céntrico de la ciudad y, a la vez, el más mísero y pobre. Un cajón de sastre social para vagabundos, camellos e inmigrantes.

Por Golden Gate con Jones pasaba pasaba C. de vez en cuando a pillar su dosis de Xanax, a la que no tenía acceso como medicamento y, por lo tanto, adquiría como droga. Algo que, dicho así, hace parecer que la diferencia entre ambos conceptos, el de medicamento y el de droga, depende de si pillas la pastilla en la farmacia o en la esquina.

Nacido en un estado del sur de los EEUU, C. tiene 27 años y acabó por dejar San Francisco para regresar a casa y desengancharse del Xanax y las otras drogas que tomaba para calmar su adicción. Según él, la adicción a medicamentos como las benzos le venía desde su niñez, cuando tomaba algún tipo de droga legal para calmar los efectos de su trastorno de ansiedad.

Aunque C. logró acabar con la adicción, otros no han corrido la misma suerte que él. Según un estudio del National Institute on Drug Abuse al que hace referencia la CNBC, las muertes por sobredosis de benzodiacepinas —Xanax, pero también Librium, Valium y Ativan— se han multiplicado por cuatro entre 2002 y 2015. Este último año, se produjeron 8.791 muertes por el consumo de este medicamento, cuya prescripción legal aumentó un 67% entre 1996 y 2013.

En total, el sector de estos medicamentos contra los trastornos de ansiedad (donde también se incluyen los antidepresivos y el buspirone) contaba con un valor de mercado de 3.300 millones de dólares en 2014, y se espera que llegue a los 3.800 millones de dólares en 2020. El mercado de los desórdenes generales de ansiedad se ha ido convirtiendo en un espacio económico boyante, donde unas cuantas multinacionales pelean por llevarse la porción más grande posible.

1355 Market Street

A menos de un kilómetro de la esquina de Golden Gate con Jones y siguiendo Market Street, la avenida que divide San Francisco entre el Tenderloin y el SOMA, entre los locos y los nuevos ricos, está el cuartel general de Twitter. La empresa californiana es una representación exitosa del manido modelo del entrepeneur, ese que busca convencerte de que te explotes a ti mismo por gusto y, además, des las gracias, seas feliz.

En los métodos y formas de esta meca tecnológica y del trabajo supuestamente relajado cristalizan algunas de las razones tras el aumento de los trastornos de ansiedad. En un reportaje de la CNN sobre Silicon Valley, la mujer del emprendedor Zoran Draganic contaba cómo su marido dormía en la oficina para escribir código de una start-up que acabó valiendo millones, cómo vivía por y para un proyecto que nació de la nada y acabó por triunfar. El sueño de muchos, si no fuese porque el verdadero final fue la depresión, primero, y luego el suicidio.

“La productividad hipomaníaca es en Silicon Valley una muestra de fortaleza, y no puedes mostrar una mala cara”, explicaba Penelope Draganic. “No es esta cultura la que crea la enfermedad, pero sí que es una cultura que hace que sea más difícil lidiar con dichas enfermedades.”

“Es como un mérito mostrar cuán ocupado estás”, explica otro emprendedor citado en el reportaje de la CNN. “Dormir o estar embarazada no es cool; todo eso que las personas normales hacen y necesitan se excluye de esta cultura”. Aunque es imposible generalizar, un sector del mundo del capitalismo globalizado ha creado una nueva jerarquía que divide entre doers y no-doers, y hacer se ha convertido en objetivo vital, un motivo de estatus.

Hacer muchas cosas, nunca parar y olvidarse todo lo que se pueda del descanso, el tipo de vida que ha confesado llevar Elon Musk, CEO de Tesla, en una entrevista tan triste con el New York Times en la que explica cómo su vida personal es poco menos que inexistente. Una vida sin reflexión, sin pausa, y en la que no cabe la queja, mucho menos la supuesta debilidad de estar agotado mentalmente. La ansiedad es una debilidad y, entre otros casos, se cura con Xanax. La única diferencia entre el 1335 de Market Street y la esquina de Golden Gate con Jones es que, en el primero, la mayoría lo pueden pillar en la farmacia.

Un síntoma

Se suele decir que la depresión, el estrés o muchos otros trastornos de ansiedad no son un mal en sí mismo, sino la forma de expresar que algo en nuestra existencia, en nuestra vida, no funciona de forma adecuada. Pues bien, 40 millones de personas sufriendo algún tipo de trastorno de ansiedad, camellos repartiendo pastillas legales antiestrés en la calle como si se tratase de crack y cierta cultura del emprendedor que sacraliza la autoexigencia desmedida, la ausencia de sueño, el rechazo a las vacaciones y el trabajo como fin suena realmente mal.

Por otra parte, un sistema que obliga a jugadores como Marcus Morris o DeMar DeRozan a criarse en guetos marginales y familias desestructuradas, donde la seguridad vital es una utopía y se convive con la presión constante de tener que ser el más duro, el más fuerte, de nunca bajar la mirada, para no ser avasallado. Ser débil en un barrio negro de clase baja, tal y como relatan en uno de los episodios del magnífico reportaje de ESPN sobre la salud mental en la NBA, es una condena.

Lamar Odom, Frederic Weis, Tyler Honeycutt dentro del baloncesto, o Michael Phelps y Andrés Iniesta fuera han también confesado las dificultades de conjugar la exigencia del deporte profesional y los problemas personales de cada uno. Tampoco ayuda en ello ciertos usos que se hacen de las redes sociales y de los medios de comunicación, donde se cruza por mucho la frontera que divide la crítica constructiva del ensañamiento brutal. Deportistas, actores, personajes públicos y anónimos viven en una constante exposición que se puede convertir en una purga a lo Cersei Lannister. Shame, shame, shame.

Quizás, los 40 millones de trastornos mentales en los EEUU no son el problema, sino el síntoma agudo de algo mucho más grande. De que la ansiedad, la depresión y un largo etcétera de enfermedades relacionadas con la mente se han convertido en un negocio de miles de millones, en una forma de vida en ciertos sectores y en un castigo para un gran estrato de la sociedad, desde el vestuario de la NBA hasta Compton, Los Ángeles.

Por suerte, cada vez es más difícil que alguien interprete este problema como una debilidad individual. Xanax, ansiedad y depresión son problemas de toda la sociedad norteamericana (y global). Como tal, las soluciones tendrán que llegar, también, del conjunto social. Un primer paso es la concienciación y se debería dar gracias a Love, a DeRozan, a Morris y un largo etcétera por tener la valentía de verbalizar sus problemas y abrir una primera brecha en el estigma. En este caso, el deporte ha cumplido con una de sus funciones vitales más allá de divertir: ser un espejo para la sociedad, un lugar desde el que contar historias mucho más importantes que el propio deporte. Ésta lo es.

 
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Una cancha llamada Caribe https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/una-cancha-llamada-caribe/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/una-cancha-llamada-caribe/#respond Sun, 19 Aug 2018 07:14:52 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=187770
 
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“Una cosa curiosa que tiene el Caribe, y que yo siempre he observado, es el espacio que separa las cosas. Eso es lo que distingue al Caribe del resto del mundo. En un restaurante, las mesas están más separadas unas de otras que en cualquier otra parte del mundo. Es un frenesí del espacio.”

Gabriel García Márquez

I

Si uno se lo propone, en Washington Heights se puede llegar a conocer la República Dominicana mejor que en cualquier barrio del país caribeño. Para los dominicanos, este distrito neoyorquino situado en la isla de Manhattan y que linda con Harlem y el South Bronx es su puerto seguro, una colonia en el Atlántico. Washington Heights es a la República Dominicana lo que Buenos Aires lleva siendo a Galicia durante muchos años: tierra donde todo el mundo tiene un familiar, utopía para los que no tienen nada en la isla, piscifactoría donde el Fraga de turno busca el voto inmigrante.

Además de todo esto, cuando Felipe López llegó a Nueva York desde Santiago de los Caballeros, Washington Heights todavía era el gueto. Era 1988, en pleno boom del crack, el barrio lo controlaban pandillas de adolescentes con “buscas, anillos de oro de cuatro dedos y Nikes de 95 dólares”, tal y como contaba el New York Times Magazine. Dosis por 3 dólares. Era Washington Heights, “la capital del crack en Estados Unidos”.

En aquellas calles infestadas de droga Felipe López se convirtió en algo parecido a la esperanza. En vez de jugar al béisbol como todo dominicano, al santiaguero se le dio desde pequeño por jugar a eso de meter la pelotita por un aro. Cuando los padres decidieron dejar la República Dominicana, el destino no podía ser otro que Nueva York, meca del dominicano emigrado y cuna del básket callejero que tardó poco en hablar de López.

Tal fue su impacto que su instituto, el Rice de Harlem, llegó a trasladar partidos a Washington Heights, a los que la comunidad dominicana acudía en masa. Ganó el campeonato estatal y convertido en una estrella para todos los Estados Unidos fue reclutado por la Universidad de Saint Johns. Era el ‘Spanish Michael Jordan’. Antes incluso de debutar, Sports Illustrated le convirtió en portada de su revista. Y ahí, justo ahí, comenzó el declive deportivo.

Sus cuatro años en la universidad neoyorquina no fueron como se esperaban. Pese a sus buenos números individuales, Saint Johns no llegó a los playoffs durante los tres primeros años. En el último fueron eliminados en primera ronda. Su puesto 24 en el draft de 1998 lo llevó a Vancouver, luego a Washington y finalmente a Minnesota donde en 2002 jugó su última temporada en la NBA.

La historia de su impacto es una gráfica continua en descenso, diametralmente opuesta a la de otras estrellas de su generación que reinaron en la mejor liga del mundo. Iverson, Pierce, Jason Kidd salieron de sus barrios para impresionar e influenciar al mundo. Felipe López se los cruzó por el camino. De la portada de Sports Illustrated y el estrellato se fue centrando en su pequeño mundo, donde todavía siguen hablando de él, donde todavía sigue influyendo, ayudando y educando a los jóvenes de la zona. Allí en el South Bronx, en las estribaciones de Manhattan, en los Washington Heights, donde seguro que a Felipe López no lo cambian por nadie. Ni siquiera por Michael Jordan.

II

Andrés Guibert y Lázaro Borrell son hijos baloncestísticos de la geopolítica. Y es que la razón de por qué las carreras NBA de los cubanos comienzan en Puerto Rico es una cuestión de eso, geopolítica, que así vista y explicada muy por encima puede parecer una cosa estúpida.

Puerto Rico fue invadido por los Estados Unidos durante la guerra con España de 1898 y se convirtió en colonia del país norteamericano. En 1952, tras mucha lucha, Puerto Rico pasó a por fin a ser un Estado Libre Asociado de los Estados Unidos, lo que supuso un enorme cambio para la isla.

En el marco de esa misma guerra contra los españoles, los estadounidenses también los echaron de Cuba, con la idea, se supone, de convertirla algún día en un muy libre Estado Libre Asociado de los Estados Unidos. La cosa se torció cuando unos señores con barbas se fueron a las montañas y echaron a los amigos de los norteamericanos en 1959. A cambio de igualdad y justicia social, los señores de barba sacrificaron unas cuantas libertades. Entre otras cosas, la de Andrés Guibert o Lázaro Borrell de irse a jugar a la NBA.

Habanero y basquetbolista, Guibert debutó con la selección cubana en 1988 y en 1993 se fue a jugar el Centrobásket a Puerto Rico, que es tan libre que hasta tiene equipo de baloncesto propio. Allí desertó de Cuba y pidió asilo político gracias a la Ley de Ajuste Cubano, uno de los métodos con los que los Estados Unidos sigue intentando que Cuba se convierta algún día en un muy libre Estado Libre.

La Ley de Ajuste Cubano permite que cualquier ciudadano de Cuba que ponga pie en territorio norteamericano tenga estatus automático de refugiado político y, también, acceso a la ciudadanía estadounidense en el plazo de un año. Dado que Puerto Rico es territorio norteamericano, el ir a jugar un torneo a esta isla es, para los cubanos, una oportunidad de oro para desertar. Por ello, en 1999, cuando Lázaro Borrell se fue con la selección cubana a jugar el Preolímpico en Puerto Rico, el alero se escapó de la concentración y se acogió, también, a la Ley de Ajuste Cubano.

Entre Guibert y Borrell jugaron 39 partidos en la NBA, 22 el primero en Minnessota y 17 el segundo en Seattle. Los únicos 39 partidos en los que ha habido un cubano jugando en una cancha NBA. Para poder hacerlo tuvieron que destacar en sus países, ser seleccionados con la selección cubana, acudir a un torneo en Puerto Rico, escapar de la concentración y aprovechar su estatus de refugiado político en una isla caribeña muy libre que pertenece a los Estados Unidos desde que lo invadió en 1898.

Cosas de la geopolítica, que así vista y explicada muy por encima puede parecer una cosa estúpida.

III

Precisamente de Puerto Rico venían los padres de Carmelo Iriarte, un representante un tanto anónimo de la excitante cultura nuyorican. Así como la cultura chicana es la creada por gente de raíces mexicanas en los Estados Unidos, los nuyoricans son los puertorriqueños o gente de raíces en Puerto Rico que vive en Nueva York.

Aunque seguidos muy de cerca por los dominicanos, los puertorriqueños son la comunidad latina con mayor presencia en Nueva York. Ya solo por ser los creadores de lo que hoy entendemos por salsa —esa unión de jazz, son cubano y otras decenas de ritmos caribeños acuñada por nuyoricans como Willie Colón o Héctor Lavoe— merecen los puertorriqueños de Nueva York un puesto privilegiado en el altar de la cultura popular global.

Creadores también del vibrante Spanish Harlem al que le cantó la fallecida Aretha Franklin, los nuyoricans dieron vuelo a los Young Lords, una especie de Panteras Negras de los puertorriqueños. Los Young Lords lucharon desde finales de los 60 por la autodeterminación de Puerto Rico, la justicia social y los derechos de los inmigrantes latinos en EEUU. Uno de los miembros activos de los Young Lords fue el propio Carmelo Iriarte. Además, era aficionado al básket e hijo del estilo de la época, con sus pantalones de campana y pelo afro. También, como tiempo después descubriría su cuarto hijo, era poeta.

Este último vástago de Carmelo Iriarte y Mary Anthony nació en 1984. Por aquel entonces, Iriarte y Anthony vivían en Red Hook, Brooklyn, barrio al que la revista Life denominó como la “capital del crack en Estados Unidos” (¿cuál es el número máximo de capitales del crack que puede haber en un país?). Sin embargo, el miembro de los Young Lords no pudo disfrutar mucho de la compañía de su último hijo. Antes de que éste cumpliese los tres años, Carmelo Iriarte fallecía por un fallo hepático y dejó solos a su mujer y a los cuatro niños. Al poco tiempo, se mudaron a Baltimore, al barrio de The Pharmacy, al que probablemente algún periódico denominó como “la capital del crack de los Estados Unidos”.

Quizás herencia de la afición de su padre, en Baltimore el hijo pequeño de Carmelo y Mary comenzó a despuntar en eso del baloncesto. Durante años casi no supo nada acerca de su padre. Cuando lo hizo, ya era jugador de la NBA, dos veces campeón olímpico e ídolo en Nueva York, la ciudad que lo vio nacer a él y a la cultura nuyorican. Por aquel entonces ya mostraba el compromiso político de su padre, así como su orgullo de las raíces puertorriqueñas. También había heredado su nombre: Carmelo. El apellido que utilizó fue siempre el de su madre: Carmelo Anthony.

Hasta hace poco, al hijo de Carmelo Iriarte se le podía ver por la Gran Manzana o en lugares emblemáticos como el Madison Square Garden, ya fuese jugando o presenciando la victoria número 1.000 de Mike Kryzewski como entrenador universitario. Ese día, el 25 de enero de 2015, el hijo de Carmelo Iriarte se sentó en el Madison al lado de un señor dominicano, negro, con sombrero y con un inglés un tanto macarrónico. Era, como Carmelo, un héroe de Nueva York y de la cultura baloncestística caribeña. Se llamaba Felipe López y, según le habían contado a Carmelo, era un auténtico fiera.

 
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Los Ramblin’ Man de la NBA https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/los-ramblin-man-de-la-nba/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/los-ramblin-man-de-la-nba/#respond Sun, 12 Aug 2018 07:11:06 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=187311
 
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Lord, I was born a ramblin’ man
Tryin’ to make a livin’ and doin’ the best I can
And when it’s time for leavin’
I hope you’ll understand
That I was born a ramblin’ man

The Allman Brothers, ‘Ramblin’ Man’

Se hizo un nombre en la Costa Oeste y pasó fugazmente por Arizona antes de convertirse en ídolo en Nueva Inglaterra. Se acostó como líder en Boston y se despertó como un repudiado en Ohio, de donde lo echaron para malvivir 17 partidos en Los Ángeles. Al final, este verano cogió un vuelo a Denver y allí intentará arroparse entre las Montañas Rocosas, donde buscará ganarse la casa que nunca tuvo. Este ha sido, en los últimos cuatro años y medio, el periplo de Isaiah Thomas. Una historia muy americana, de carretera, caída, éxodo y redención constante. Una vida de Ramblin’ Man, el mítico tema de The Allman Brothers, el grupo de rock sureño que creó el himno a la pulsión original de muchos corazones yanquis: la de encontrar el sentido de la vida en el eterno movimiento.

Con esta canción, la banda de Georgia definió en pocas estrofas un concepto con muchos nombres (nomadismo, wanderlust, rootlessness) y que juega un papel predominante en la cultura popular de los EEUU. Allí, son muchos con los que se mueven por el país con la casa a cuestas, con la facilidad de quien se cambia de barrio en una ciudad europea. Ser un Ramblin’ Man es sentir una especie de alergia a la estabilidad, una condena a no tener raíces. Una sacralización de la autopista que, además, puede ayudar a entender el mundo NBA. Especialmente cuando se echa un vistazo a la carrera de jugadores que, como Isaiah Thomas y otros muchos, recorren los Estados Unidos como cantos rodados. Todos en busca de una casa que, por alguna razón, siempre se deshace entre sus manos.

Historia en movimiento

La génesis de este sentimiento es, también, la génesis de los propios Estados Unidos, formados por emigrantes que llegaron a la Costa Este de América del Norte con todo un continente por descubrir y arrebatar de las manos de sus pobladores originales. Colonos escoceses y norirlandeses llegaron a Philadelphia para lanzarse a la conquista de los Apalaches. También fue puerto Nueva York para la llegada de muchos de los que se lanzaron a la conquista del Oeste y, más tarde, de los que llegaban atraídos por la fiebre del oro que fundó San Francisco. Igualmente, cruzaron el continente los pioneros mormones que se dirigían hacia Utah, así como colonos ingleses y alemanes que llegaron al Medio Oeste a mediados del siglo XIX.

Grandes rutas migratorias que no solo tuvieron lugar en el origen de los EEUU. Desde el inicio del siglo XX, millones de afroamericanos emigrarían de los estados racistas del sur en la Gran Migración, un éxodo que llevaría la cultura negra a los barrios obreros de Detroit, Chicago, Nueva York, Philadelphia, o Los Ángeles, donde acabaría por florecer. También, tal y como relata Las Uvas de la Ira de John Steinbeck, miles de refugiados económicos de Oklahoma emigraron por carretera hacia la tierra prometida de California tras los efectos de la Gran Depresión y la sequía conocida como Dust Bowl.

Así, muchos de los eventos fundacionales o definitorios para los Estados Unidos que conocemos están marcados por esa ansia de ampliar fronteras, de explorar, o de escapar de la miseria haciendo carretera. Un sentimiento que se ha convertido en una de las pocas raíces de los Estados Unidos y que, desde su historia, ha pasado a abrazar cualquier aspecto de su cultura.

Cultura, carretera y maldición

Esta pulsión nómada llegó a la contracultura con On the Road, la narración de Jack Kerouac en la que su álter ego Sal Paradise y otros beatniks se adentran en un viaje en coche de autoconocimiento, libertad y vida bohemia. Un libro que, junto con los poemas de Allen Ginsberg, marcó el primer pico de popularidad del underground cultural, adaptando para sí la fascinación americana del viaje y la carretera. La ausencia de raíces de los primeros estadounidenses fue absorbida, precisamente, por los que luchaban por salirse de la sociedad rígida y puritana que habían creado los nietos y bisnietos de los pioneros. Carretera, jazz y LSD se convirtieron en la triada beat, haciendo del Ramblin’ Man un ideal filosófico que luego sería seguido por el movimiento hippie.

Sin embargo, para muchos otros en los EEUU, la carretera se convirtió no en una opción vital, sino más bien un castigo, un basurero al que su vida les empuja irremediablemente. Billy El Niño, los Hermanos Dalton, Bonnie and Clyde… la lista de forajidos que forman parte de la otra historia americana es larga, e incluso la ficción está llena de este mito de la persona que solo ve esta salida en su vida. ¿Qué es sino Thelma y Louise más que la vida de dos Ramblin’ Women que solo tienen un escape ante una vida que no pueden soportar?

Estados Unidos, una sociedad en la que los lazos familiares son mucho más delicados que en el sur de Europa o Latinoamérica, sigue contando hoy en día con miles de estos personajes anónimos que pasan su vida en una eterna peregrinación por diferentes partes del país. Individuos que te podrán contestar a cualquier pregunta sobre su origen —dónde estudiaron, dónde trabajan, dónde viven actualmente, o dónde nacieron— pero que dudarán o no entenderán una pregunta que a otra mayoría del mundo le resultaría tremendamente sencilla: de dónde son.

Es a estos personajes anónimos, a estos nómadas, a los que les han cantado héroes de la música de raíces norteamericana: de Robert Johnson y Hank Williams, a Johnny Cash y Bruce Springsteen. Turbas diseminadas de gente que van de aquí para allá, de Oklahoma a Denver, de Wyoming a Missouri, sin más casa que una mochila, una autocaravana o una mínima expectativa de algún día encontrar algo parecido a una casa. O, quizás, ni siquiera eso.

Tal y como cantaba uno de los héroes del country, el maldito Townes Van Zandt: “Living on the road my friend / Is gonna keep you free and clean”.

Bandidos y personas

Entendiéndolos a ellos, quizás, sea más fácil entender por qué la NBA ha estado siempre llena de esos personajes que se merecerían pincharles un buen Ramblin’ Man. Tony ‘Mazas’ Massenburg jugó en doce equipos en quince años y a Earl ‘Lentejita’ Boykins lo disfrutaron en diez ciudades en sus catorce años de carrera. Profesionales siempre con la maleta a cuestas, esperando encontrar siempre un reconocimiento o una lealtad que parece escapársele por una razón o por otra. Ahora, parece que el pequeño Isaiah Thomas va camino de convertirse en el nuevo Ramblin’ Man por excelencia en la NBA. Una especie de Townes Van Zandt que no para de recorrer ciudades y pueblos en su autocaravana, buscando un reconocimiento que nunca llega a ser tan sincero como el que realmente cree que se merece.

Igual que la de los gregarios de la G League que viajan y juegan con sueldos precarios, esperando a que un contrato de diez días los lleve de un equipo a otro de la NBA, la vida de Isaiah tiene más sentido en los Estados Unidos que en cualquier otra parte del mundo. Allí, al menos, les han puesto un nombre a su forma de vida. Y cualquier día, cuando alguien les pregunte qué han hecho durante tantos años, reflexionarán y le contarán la película de su eterno movimiento. O, mucho mejor, le cantarán esa estrofa que tanto ayudará a los foráneos a entender su vida y quiénes son. Una estrofa que en muy poco cuenta un país y que dice:

“Lord, I was born a ramblin’ man / Tryin’ to make a livin’ and doin’ the best I can / And when it’s time for leavin’ / I hope you’ll understand / That I was born a ramblin’ man”.

 
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El número más importante en la carrera de Jason Collins https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/el-numero-mas-importante-en-la-carrera-de-jason-collins/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/el-numero-mas-importante-en-la-carrera-de-jason-collins/#respond Sun, 05 Aug 2018 07:00:30 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=186929
 
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El 6 de octubre de 1998, Jason Collins se encontraba disputando su segunda temporada en la NCAA con los Stanford Cardinal, inmerso en esa evolución que le llevó de dominar el campeonato de institutos de California a convertirse en apreciado jugador de banquillo en la NBA. Con 19 años ya era un pívot de 7 pies y 120 kilos que salía a la pista a pegarse con quien fuera. Un tipo duro, muy físico, con atributos nada parecidos a los de nuestro estúpido arquetipo de homosexual. Sus números aquel año fueron de 12,7 minutos, 4,1 y 3,3 rebotes en 7 partidos. Números discretos, pero que realmente no importan demasiado. Era gay.

Ese mismo día, Matthew Shepard fue apalizado, torturado y atado a una valla en medio de una zona rural en Laramie, Wyoming. Allí pasó 18 horas en coma sin que nadie lo encontrase. Al día siguiente, Aaron McKinney y Russell Henderson ya estaban bajo custodia policial. Según el relato judicial, la noche anterior McKinney y Henderson se habían hecho pasar por homosexuales para meter a Shepard en su coche y poder robarle. En cierto momento Shepard tocó la rodilla de McKinne. La respuesta de éste fue dejar a la víctima desfigurada y atada a una cerca. Seis días después, Shepard fallecía en el hospital de Poudre Valley, Colorado, incapaz de revertir los daños cerebrales producidos por la paliza de McKinney y Henderson. Era estudiante de la Universidad de Wyoming. Tenía 21 años, dos más que Collins. Era seropositivo, había sido violado tres años antes y sufría de una depresión crónica que le llevó en ocasiones a pensar en el suicidio. Era gay.

Las historias de Collins y Shepard, caprichosas como la vida, tardaron en cruzarse. Se tomaron unos 15 años, necesarios para poner algo de orden en la vida del primero, en el maltratado mundo del segundo. La historia de Collins es la de cómo un chico negro de clase media, un hijo de la EEUU progresista, un deportista de élite se decide a salir del armario. La de Shepard, el inicio de una época en la lucha por el reconocimiento de los derechos homosexuales en la América más retrógrada. Son dos historias paralelas en el tiempo y distantes en el espacio. Dos relatos que no tienen nada que ver y solo se encuentran en un número y en el motivo principal de ambas: su condición de homosexuales. Collins es gay. Shepard lo era.

Una carrera en el armario

Respecto a su orientación sexual, Collins siempre dijo que lo supo sin llegar a reconocerlo. “Era como si me repitiese que el cielo era rojo, aunque supiese que era azul”, explicó años después en la entrevista que cambió su vida en 2013. Lo sabía en el instituto de Harvard-Westlake, en los barrios de clase media a las afueras de Los Ángeles, desde donde dominó el baloncesto del estado de California junto con su gemelo Jarron Collins. Entre los números que nunca importaron de esta época, Jason batió el récord estatal en rebotes totales para un jugador de instituto, además de alzarse en dos ocasiones con el título de campeones de California.

Quizás, en parte, Collins tuvo la suerte que no tuvo Shepard de conocer los ambientes más liberales de EEUU. Tras el instituto, Jason Collins se marchó a la Universidad de Stanford, en las afueras de San Francisco, para disputar cuatro temporadas con los Cardinal. De allí, un decimoctavo puesto en el Draft de 2001 lo llevó a los New Jersey Nets de Jason Kidd, Kenyon Martin y otro rookie, Richard Jefferson, que perderían dos finales consecutivas de la NBA. Sus números, como siempre, fueron discretos. Pero en New Jersey se labró su fama de jugador de equipo, el tío agresivo que sale del banquillo con seis faltas para repartir, la mole que sale a darse de golpes con Shaquille O’Neal, Dwight Howard y demás bestias de la pintura. Doc Rivers lo definió como el “pro’s pro”, el jugador de los jugadores.

Tras siete años en New Jersey, donde su mejor temporada firmó 6 puntos y 6 rebotes por partido, Jason Collins se convirtió en preciado temporero de la NBA. Jugó media campaña en Memphis. Al año siguiente disputó 31 partidos en Minnesota, para asentarse luego tres temporadas en Atlanta. En total, 675 partidos en 12 temporadas en la mejor liga del mundo. Todas, hasta el año 2012, con el 35 a la espalda. Todas envueltas en esa discreción que no solo cubría su labor de jugador de baloncesto, sino que también cubría su condición sexual. Para el mundo, Collins era otro hetero más en la NBA.

El mundo de Shepard

Mientras Collins se convertía en el obrero de la NBA, la libertad seguía abriéndose paso en EEUU. Si bien Nueva York había ya vivido sus primeras manifestaciones LGBT con los disturbios de Stonewall en 1968 y San Francisco se convertía en la capital gay mundial en la década de los 70, estados del centro y del sur de Estados Unidos contaban y cuentan con importantes reductos homofóbicos y racistas. En parte, el asesinato Matthew Shepard fue uno de los eventos que puso al país frente al espejo, mostrando que todavía quedaba mucho por andar, que el cambio que había anunciado Sam Cooke todavía no llegara.

Tal era la situación que no fue hasta 2003 cuando una ley federal, la Lawrence vs Texas, obligó a todos los estados de la Unión a retirar sus sodomy laws, regulaciones estatales que prohibían, entre otras cosas, mantener relaciones homosexuales, el sexo oral y anal, o cualquier otro tipo de conducta que se alejase del ideal puritano del coito vaginal entre un hombre y una mujer.

Esto, sin embargo, no significó que el acoso a homosexuales por parte de la ley norteamericana finalizase. Amparados en que la normativa de su estado seguía prohibiendo la conducta homosexual, oficiales de Baton Rouge, Luisiana, utilizaban todavía en 2013 policías encubiertos para flirtear con gays y detenerlos. En 2007, el Partido Republicano de Montana mantenía en su programa el deseo de convertir los actos homosexuales en ilegales. En 2009, dos chicos fueron detenidos en El Paso por besarse dentro de un bar, acusados de “conducta homosexual” por parte de los agentes. El estado de Mississippi, en 2016, aprobó una ley (posteriormente revocada por el Tribunal Supremo) por la cual los funcionarios del estado o cualquier negocio privado podrían discriminar a cualquier persona LGTB basándose en sus creencias religiosas.

Luisiana, Mississippi, o Texas son solo algunos de los estados del sur de los Estados Unidos que siguen albergando la parte más intolerante del país. Antiguos estados confederados y herederos del puritanismo británico que emigró al Nuevo Mundo. Unas culturas únicas en los Estados Unidos que, por desgracia, en esa lucha por mantener sus orígenes intactos, sobreviven comunidades que odian y atacan a cualquier cosa que pueda oler a cambio. Y en el cambio, también, se incluye el color de la piel o la orientación sexual.

El número 98

En 2009, en una reacción frente a los reaccionarios, Barack Obama aprobó la Matthew Shepard and James Byrd Jr. Act, aumentando la protección de las víctimas a todos los estados a castigar cualquier delito de odio por motivo sexual, racial o religioso. La ley fue nombrada en honor a Shepard y James Byrd Jr., un ciudadano negro asesinado por supremacistas blancos en el mismo año 1998. Un número que pasó a ser capital para Estados Unidos y, también, para Jason Collins. El 98 que ha pasado a definir su carrera.

En cierto modo, Collins acabó por salir del armario dos veces. La primera fue en la temporada 2012-13, cuando decidió cambiar el número 35 de su camiseta de los Boston Celtics por el 98. Aunque en el momento no dio a conocer el motivo, el 98 de Jason Collins era un homenaje al año de muerte de Matthew Shepard, una historia que le había marcado en lo más profundo. Con Boston jugó 32 partidos. Esa misma temporada llevaría su 98 también a Washington, donde le dio tiempo a jugar otros seis partidos.

En el siguiente verano, el de 2013, Collins tuvo tiempo para la reflexión. Se planteó, sobre todo, el sentido de seguir convenciéndose de que el cielo era rojo cuando llevaba tanto tiempo sabiendo que era azul. Y decidió salir, por segunda vez, del armario. Esta vez por completo. Concertó una entrevista con Sports Illustrated e hizo público, a su manera y en primera persona, lo que él ya sabía de hace mucho. “I’m a 34-year-old NBA center. I’m black. And I’m gay”, fue el titular de la portada de SI. Se convertía, así, en el primer jugador en activo en hacer pública su homosexualidad. Solo le faltaba debutar, ya, como hombre libre, abiertamente gay.

Sin equipo, Collins pasó varios meses entrenando y no fue hasta marzo de 2014 cuando su excompañero Jason Kidd lo reclutó para los Nets. Jugó 22 partidos, solo uno como titular y promedió 1,1 puntos y 0,9 rebotes por velada. Pero si estos números ya le habían importado siempre muy poco, en esta ocasión lo hacían todavía menos. El único que importaba, el 98, lo llevaba ya en la espalda, después de haber salido dos veces del armario, de asumir que el cielo también era azul para él. Un número que gritaba en su nombre, en el de Shepard y en el de otros muchos contra esos EEUU que siguen pensando que la única forma de ser buen ciudadano es siendo blanco, hetero y puro. El 98 de Collins les vino a decir algo así como que se fuesen a freír espárragos.

 

 
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Los Warriors cruzan el Bay Bridge https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/los-warriors-cruzan-el-bay-bridge/ https://www.nbamaniacs.com/articulos/america/los-warriors-cruzan-el-bay-bridge/#respond Sun, 29 Jul 2018 07:20:24 +0000 https://www.nbamaniacs.com/?p=186347
 
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Si la relación de los Warriors con Oakland se hiciese película, Draymond Green protagonizaría la última escena del filme, de rodillas sobre el asiento del bus, con la vista perdida a través de la luna trasera, buscando con la mirada esa última imagen del sitio al que piensas que ya nunca vas a volver. Un recuerdo para la posteridad en la mente de Green, pura nostalgia bajo sus musculitos. Esa Oakland llena de grúas portuarias, historias de violencia y leyendas del baloncesto queda ya al otro lado del Bay Bridge, el puente que une The Town con The City —San Francisco—. Y Draymond, que ve el ya huérfano Oracle Arena a lo lejos, piensa que probablemente no van a encontrar mejor hogar para su equipo, para los Warriors, que la negra, dura, barata y peligrosa East Oakland, la que ha sido la abnegada casa del equipo durante 40 años.

Cruzar el Bay Bridge significa mucho en la Bahía. Este puente primo hermano del Golden Gate es el nexo entre dos realidades contrapuestas. Es un salto sobre algo que, para muchas cosas, es más un océano que una bahía. San Francisco y Oakland son dos antítesis que se necesitan. Si la primera se enriquece y es blanca, es porque la segunda ha absorbido gran parte de la pobreza que ésta genera, se ha hecho negra. Mientras los hippies peregrinaban a San Francisco, Oakland creaba los Panteras Negras. Si en Oaktown da el sol es porque la niebla se ha quedado en Frisco. Si Gary Payton, Damian Lillard, Isaiah Rider, Paul Pierce o Jason Kidd se criaron en los playgrounds de Oakland es porque en San Francisco no exporta un baloncestista profesional desde los 60.

Por ello, el verano de 2019 es una fecha tan señalada en el calendario de Golden State Warriors. Es su momento para cruzar el Bay Bridge. Joe Lacob, uno de los nombres propios de Silicon Valley y cabeza visible del grupo propietario de la franquicia, se la lleva al Chase Center de San Francisco. Una ciudad con una cultura de básket escasísima en comparación con la de la East Bay, pero con algo mucho más importante para Lacob y la NBA: los dólares.

Y es que San Francisco es hoy en día el nuevo Dorado para los miles de entrepeneurs, ingenieros informáticos y aspirantes-a-ser-el-próximo-Zuckerberg que llegan desde todo el mundo. Son jóvenes, ricos y con ganas de pasarlo bien. Allí se les conoce como techies y son el negocio perfecto para Lacob, que quiere convertir su franquicia en la nueva atracción de una ciudad, San Francisco, que ha vivido siempre en torno a este binomio: el de una parte de población que llega a buscar oro, el de otra que se dedica a divertir y entretener a los gold-seekers.

Una ciudad para los 49ers

Si hay un personaje que pueda explicar la historia y el carácter de San Francisco ese es el del 49er. En 1848, la futura Frisco no era más que una colonia de 800 habitantes, semiolvidada en el norte de México. En 1850, un año después del descubrimiento de oro en Sierra Nevada y el norte de California, ya había unas 35.000 personas viviendo entre las colinas de la ciudad. Buscavidas europeos, sudamericanos, chinos y de muchas otras partes del mundo comenzaron a arribar a la ciudad en lo que se conoció como la fiebre del oro. Por el año de su llegada, 1849, a estos precursores se les conoció como 49ers. Venían, igual que los techies de hoy en día, con la idea de que uno se hacía rico de hoy para mañana en el Lejano Oeste.

Por aquel entonces, más del 90% de los que llegaban eran hombres solteros. Eso le dio a la San Francisco primigenia un carácter que nunca ha perdido. Un ansia de libertad y hedonismo que se sigue hoy oliendo a nada que se rebusque en la ciudad. Para saciarlo, se creó desde el primer momento una industria que iba desde los prostíbulos y salones hasta los fumaderos de opio. El desenfrenado auge de este sector fue tal que creó un barrio propio y de fama mundial, The Barbary Coast. El primero de los muchos nombres que el sector del entretenimiento ha creado en San Francisco para satisfacer a los buscadores de oro.

Antes del final del siglo XIX, la ciudad ya se había ganado su fama de destino bohemio, liberal y canalla en Estados Unidos, y poco importó que el oro no fuese tanto como en un principio parecía. Ni siquiera el terremoto y posterior incendio de 1909, que arrasó con The Barbary Coast, puso frenos al desenfreno de San Francisco. El siglo XX cambió las formas y los nombres, pero nunca desmembró el binomio de individuos solitarios buscando oro (literal o figurado) y el de una industria dispuesta a hacer que la ciudad disfrutase.

Los años 40 y 50 fueron años de marineros y militares navales en San Francisco. También de prostíbulos (de hombres y mujeres, de hombres vestidos de mujeres y, quizás, de mujeres vestidas de hombres) y de mitos del jazz como Charlie Parker, Ella Fitzgerald, o John Coltrane tocando por el Fillmore y el Tenderloin. Proliferaban los SROs, hoteles para residentes fijos que solo necesitaban una cama para caerse muertos, y, como siempre, la ciudad seguía viviendo para los buscadores de oro. Aunque este metal precioso se estuviese convirtiendo ya en una metáfora. El nuevo oro era la libertad, la ausencia de normas.

Fue en esta época cuando llegaron unos nuevos bohemios conocidos con el nombre de beatniks, los Ferlinghetti, Kerouac Ginsberg y compañía, que convirtieron San Francisco y la zona de North Beach en su centro neurálgico. Sus hijos culturales, el movimiento hippy, peregrinó en masa hasta San Francisco en los años 60 y tomó por asalto Haight Ashbury en el verano del amor. A los pocos años, gays, bisexuales y trans convirtieron el barrio de Castro en la referencia mundial de la comunidad LGTB.

La invasión ‘techie’

Hoy en día, la estructura sigue siendo similar a la de los últimos 150 años. Por una parte, un sector de la población que llega de todo el mundo buscando oro, que ahora se ha vuelto menos metafórico y se conoce con el nombre de start-ups, fondos de inversión o acciones. Por otro, toda una industria del entretenimiento, formada por supermercados ecológicos, cafeterías con 354 tipos de leche y tostadas con aguacate, y, ahora también, por los Golden State Warriors.

Pero la primera burbuja de las puntocom en el 2000 y, sobre todo, la explosión de firmas tecnológicas como Google, Facebook, o Youtube ha dado un giro a la cultura de la ciudad. La libertad original de San Francisco se ha sustituido por una apariencia, un producto que Silicon Valley utiliza para atraer a trabajadores de todo el mundo. Más que la ciudad de la libertad, la San Francisco que ahora dominan los techies es un parque de atracciones donde la temática es la libertad.

Además, la invasión de esta nueva ola de buscadores de oro ha desplazado ya a miles de habitantes de la ciudad al otro lado de la Bahía, justo en la trayectoria inversa a la que han cogido los Warriors. El nivel de vida provocado por el boom tecnológico ha hecho que, para Manuel, el taquero mexicano de la Misión, o Hen, el carnicero asiático de Chinatown que no tiene ni papa de inglés, vivir en San Francisco sea una quimera. En la ciudad solo hay sitio para los nuevos 49ers y sus distracciones.

Business, business, business

Así, el año que viene los Warriors se convertirán en el nuevo entretenimiento de los buscadores del oro tecnológico. Y mientras Draymond cruce el Bay Bridge hacia su nueva ciudad, José el taquero, y quizás también Hen, se cruzarán con él haciendo el camino opuesto, dejando el skyline de San Francisco a sus espaldas. Los Warriors se irán de Oakland, el lugar de la Bahía donde el baloncesto es algo más que un polvo aséptico en el Barbary Coast de los tecnológicos. Por su parte, Hen y José dejarán Frisco sabiendo que su casa ya no estará más a ese lado del puente.

Al final, las historias de un carril y de otro confluyen todas en Joe Lacob, inversor y emprendedor de Silicon Valley, patrón de los Golden State Warriors, el dinamo de dos procesos que se cruzan en el Bay Bridge. Representante de un tipo de economía que ha cambiado por completo San Francisco, convirtiéndola en la Meca de la tecnología y un lugar no apto para la clase obrera. Cabeza visible de una mudanza que quiere convertir a los Warriors en el entretenimiento por excelencia de los nuevos 49ers. Lacob y los suyos deciden quién va y quién viene en el Bay Bridge. Todo planeado en torno a esa triste frase que en la NBA, en la nueva San Francisco, en Silicon Valley y en los Estados Unidos se ha convertido en verdad irrefutable: “This is a business”.


Fernando Mahía es periodista y colabora con Líbero, Luzes, Panenka o CTXT, y en sus historias busca unir el deporte y los viajes con temas sociales. Este espacio de Fernando en nbamaniacs pretende ser un viaje por la cultura de EE.UU. a través del baloncesto. 

 
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